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martes, 22 de enero de 2013

Más grandes ¿y más sabias?


A escasos días de mi cumpleaños, me puse a pensar si es que existe un costado positivo del paso del tiempo.

Conozco a muy pocas mujeres que les guste cumplir años. Es que en general, te tira para atrás la idea de que te estás poniendo “más vieja” y que la vida va pasando.

Claro que también hay mujeres que se toman el paso de los años con una filosofía más zen, y celebran cada año trascurrido como una nueva tanda de experiencia y sabiduría.

Sin embargo, no puedo evitar poner ligeramente en duda esta postura optimista.

Los años van pasando y la experiencia de vida se acumula, pero muchas veces me encuentro a mí misma repitiendo por enésima vez los errores del pasado.

¿A quién no le ha pasado decir “es la última vez que…” y después lo volvemos a hacer?

Llamar a un ex novio que sabés que no te hace bien, comer como bestia, hablar de más, apurar un proyecto o una relación, agarrar un trabajo que no te convence. Típicos errores que cometemos y seguimos cometiendo, no importa cuántas veces lo hemos vivido.

A medida que pasa el tiempo, los defectos se profundizan. Aparecen las arrugas, salen las canas, pero las mañas no se van ¿Nos ponemos más sabias o más necias?

En mi caso, las arrugas y las canas aún no se asoman (¡Gracias Dios!). Sólo espero que cuando esto ocurra, aparezcan acompañadas de un poco de discernimiento, templanza, paz y mucha, pero mucha sabiduría.
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lunes, 5 de noviembre de 2012

Dale la espalda al mal gusto


Parece que la injusticia tiene en nosotros más abrigo que la justicia. Pero yo me río, y sigo mi camino - Manuel Belgrano.


Se podría decir que mi vida es la de una mujer moderna promedio. Trabajo, voy al supermercado, cocino, estoy con mi familia, salgo con mis amigas, viajo. Nada fuera de lo común.

Intento, como todos, que mi vida se desenvuelva en el ambiente más propicio y agradable posible. Lejos de perturbaciones y en paz.

Pero en los tiempos que corren, es difícil tomar distancia del fenómeno de decadencia moral que ocurre en la Argentina y en el mundo.

A sólo días de la gran movilización y manifestación que organizan distintos grupos civiles para manifestar su descontento a un gobierno corrupto y autoritario, no puedo dejar de plantearme que la crisis moral no es sólo política.

Hoy me fui de una farmacia, enojada y sin comprar nada, por lo mal que me atendió el farmacéutico. Anoche me pasó lo mismo en una heladería y la semana pasada viví la misma situación en una tienda de productos gourmet. La gente no valora su trabajo. Los empleados están desganados y no respetan al cliente. Los modales brillan por su ausencia.

Cada vez que tengo que cruzar la calle, espero durante un largo tiempo que algún automovilista educado me deje pasar. Nadie frena, aún cuando la luz blanca del muñequito indique prioridad peatonal.

Los piropos que recibimos en la calle no son: “qué linda que está hoy señora” o “qué bien le sienta ese vestido”. En realidad, se reducen a un repertorio de guarangadas irreproducibles expresadas de diversas formas.

El tener y el aparentar han sustituido al saber y al ser. Somos todos caciques y ningún indio. Nos inflamos el ego hasta convertirnos en una caricatura ridícula de nosotros mismos.

Los señores mayores dejan a sus mujeres para salir con jovencitas inescrupulosas, y las mujeres se venden por un pancho y una coca.

Los valores de la familia y de la vida se someten a “debates” en las putrefactas cámaras de los representantes del pueblo.

Anoche, domingo, recorrí las dos cuadras que separan mi casa de la de mis padres para no encontrar en mi camino, otra cosa que evidencia de la escoria de nuestra sociedad: proxenetas, gente durmiendo en la calle víctima de la ineficiencia y la desidia de un gobierno, y decenas de locales comerciales cerrados. Es que en este país prosperan las actividades decadentes como la prostitución y el juego, y las actividades productivas son castigadas con impuestos asfixiantes y trabas aduaneras.

Vivimos preocupados por lo que hace el vecino. Sin ningún tipo de pudor, le gente te pregunta cuánto ganas, con quién te casaste o dónde vivís.

Criticar al otro es el deporte nacional, hablamos sin informarnos y generamos discordia con el que piensa diferente.

El mal gusto se ha instalado en la Argentina, en su clase política, empresaria, trabajadora y, en general, de la mentalidad de su gente.
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sábado, 16 de junio de 2012

Show me the money

Hoy a la noche, combatiendo la fiaca que nos generaba el frío, fuimos con mi marido a comer a un restaurant nuevo que nos habían recomendado.

El lugar se especializa en comida peruana. La verdad es que nos gustó mucho, sus piscos y langostinos crocantes son una perdición.

Sin embargo, más allá del buen nivel gastronómico del restaurant, hubo un pequeño detalle que me desagradó bastante.

Cuando llegamos, el mozo muy amablemente nos trajo las cartas. A mí, en general, me gusta pedir dos platos chicos a medianos, en lugar de pedir un gran plato. Eso me permite degustar más de una especialidad, y no siento necesidad de tocar la panera mientras espero la comida. Pero la carta no estaba dividida entre primer plato y principal, por lo que realmente no sabía qué tan grandes eran. Entonces mi marido me dijo: “guíate por los precios: los más caros son principales y los otros son entradas”.

Volví a checkear mi carta, no había precios. “Pero, ¿Cómo?” – pregunté “¿A vos te figuran los precios?”

Efectivamente, mi carta no decía los precios de los platos. Me indigné, ¿Por qué a mí no me muestran los precios? ¿Sólo porque soy mujer asumen que yo no voy a pagar la cuenta?

Mi marido es muy caballero y generoso y en la mayoría de las oportunidades me invita, pero yo también hago invitaciones y mi género no me lo impide.

Hay algo raro con las mujeres y la plata. Es como que hacerlas pagar está mal visto, hablar de plata delante de nosotras no es de buen gusto. Ahora bien, esa regla puede haber sido aceptada hace algunas décadas, pero hoy ya es obsoleta.

Estudié en la universidad, trabajo, leo el diario y veo los noticieros. Estoy lo suficientemente embebida de la realidad, por lo que creo estar preparada para leer los precios de la carta de un restaurant.

Me encanta que me inviten, pero de ahí a que no me muestren los precios hay un paso muy grande.

El machismo sigue presente en todos lados, hasta en la carta de un pintoresco restaurant peruano.
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domingo, 10 de junio de 2012

La generación tibia


En nuestros días, que alguien te diga que sos moderna, es considerado un elogio.

En efecto, ser moderna es bueno. Pero ser moderna hoy ya no es sólo combinar muebles de distintos estilos, comprar ropa versátil o viajar a destinos poco tradicionales. La palabra moderna ha adoptado, en los últimos tiempos, un significado un tanto desviado.

Ser moderna es que todo te resbale. Que todo te de lo mismo. Es no tener una opinión muy firme acerca de nada.

Tener convicciones fuertes está pasado de moda. No son bien vistas las personas que defienden una postura filosófica, antropológica o religiosa determinada. No, eso no es moderno. Mucho más cool es no decir lo que se piensa para no movilizar las susceptibilidades de nadie (y mucho más cómodo también ¿o no?).

No es moderno vivir conforme a nuestros ideales. Claro que no, que cosa tan ridícula. Es mucho más canchero seguir a la masa y adaptarse al molde.

No es moderno auto establecerse límites. Hay que dejarse llevar, hacer lo que se nos dé la gana sin mayor sentido de la responsabilidad.

Así es, nuestra generación es una generación muy moderna. Ni blanco ni negro, ni frío ni caliente. Tibia. La nuestra es una generación tibia.

Y mientras todos jugamos a ser open mind y progres, la sociedad se vacía de contenido moral. Porque la debacle muchas veces se disfraza de tolerancia.

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jueves, 1 de septiembre de 2011

No podés controlar todo


En el gran universo femenino, existen todo tipo de mujeres.

Las clasificaciones que pueden hacerse son infinitas: buenas y malas, inteligentes y tontas, trabajadoras y vagas, gordas y flacas, etcétera, etcétera.

En lo que a este post respecta, quisiera referirme a una clasificación en particular: mujeres relajadas versus mujeres controladoras.

Permítanme encuadrarme a mí misma dentro de la segunda categoría.

Hace un tiempo le escuché decir a Mirtha Legrand que lo único que ella envidiaba en la vida, era a las mujeres que comían mucho y no engordaban.

Bueno, a mí lo único que a veces me genera envidia (sana, si es que existe), son aquellas mujeres que van por la vida completamente relajadas. Casi nada las afecta. No las estresa ni la carrera, ni el físico, ni las relaciones personales, nada. Simplemente se dedican a pasarla bien y no se cuestionan mucho.

Yo (y todas mis queridas hermanas de categoría), por el contrario, me preocupo por todo. Me cargo a mí misma con innumerables obligaciones y necesito tener todo bajo control. Me cuesta horrores delegar y no confío en nadie.

Esta incesante necesidad de tener todo bajo control, puede que tenga su origen en una mezcla de soberbia con perfeccionismo obsesivo.

Sea como sea, a medida que pasan los años, la vida me sigue diciendo a cachetazos: “Relajate un poco porque no podés tener todo bajo control”.

Van a haber muchas ocasiones en las que las cosas no van a salir como esperábamos. Y si cada vez que esto ocurra nos vamos a poner como locas, nos vamos a terminar enfermando (yo ya tengo celiaquía nerviosa).

Así es que de ahora en adelante me propongo tomarme la vida con más tranquilidad, e invito a todas mis queridas control freaks a que lo intenten.

Deséenme suerte.
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domingo, 24 de octubre de 2010

Las tres letras


Perdone el lector si mis escritos suenan mucho a queja, pero estoy cansada de toparme cotidianamente, con detalles machistas.

La semana pasada, por ejemplo, me llegó la invitación al casamiento de mi prima.

Lo que me indignó fue que el sobre decía: “Juan Pérez y Sra.” (Aclaro que he alterado el verdadero nombre de mi cónyuge para no involucrarlo personalmente en el presente descargo).

Así es, conozco a mi prima desde que nací, ella me cuidó cuando yo era chiquita y pasé miles de navidades con ella.

Sin embargo, mi nombre no figuraba en la invitación a su casamiento.

Pusieron el nombre completo de mi marido (cuya única relación con mi prima es que está casado conmigo).

A ver. No soy pretenciosa. Me hubiera bastado con mi nombre de pila escrito en el sobre. Pero no, nada.

Ni siquiera se dignaron a ponerme “Señora”. Simplemente “Sra.”

Cuando las mujeres nos casamos, toda la correspondencia dirigida a la pareja va con el nombre del tipo. Y nosotras nos tenemos que conformar con esas tres letras, esas tres miserables letras, para sentirnos aludidas.

Sin palabras.

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viernes, 30 de julio de 2010

El fin del misterio


Durante siglos el sexo ha sido visto por distintas culturas como algo prohibido, pecaminoso y perjudicial. Como dice Marcos Aguinis en su libro “Elogio del Placer”, lo placentero ha sido reprimido, castigado y perseguido.

En la actualidad, subsisten falsas culturas que siguen condenando una sexualidad plena, sobre todo la femenina.

Creo, sin embargo, que es innegable que en nuestra sociedad hoy se vive de modo completamente diferente. El sexo ya no es reprimido. Todo lo contrario, está muy patente.

El fenómeno de Internet permite que inmensas cantidades de pornografía estén a sólo un click de distancia.

Ni siquiera hace falta prender la computadora, pasar por al lado de cualquier kiosko de revistas, es un incesante bombardeo de imágenes de señoritas en posiciones insólitas mostrando toda la mercadería.

En la televisión el sexo está presente siempre y no sólo en los horarios de protección al menor.

Resumiendo, vivimos en una sociedad completamente sexualizada. Quiero decirles que, en mi humilde opinión, esto no es positivo.

Claro que no comparto esa mentalidad arcaica de que el placer sexual trae aparejado castigos inimaginablemente horribles, pero esto de ver una lola o una cola cada 20 minutos me parece demasiado.

El sexo no debe ser reprimido, pero si está tan permitido se vuelve aburrido.
Una mujer con poca ropa ya no es algo provocador y sensual, es moneda corriente. Y lo corriente, lo manifiesto, pierde la gracia.

¿Es este el fin del misterio? Quizás llegó la hora de que las mujeres nos vistamos más, para poder desvestirnos mejor.
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lunes, 29 de marzo de 2010

El pecado de no entrar en el molde


Pareciera que existe un modelo predeterminado de lo que una buena mujer debe ser. Desde que nací en adelante, me he cansado de escuchar qué es lo que una señorita puede hacer y qué es lo que no debe hacer. Y si alguien osa a no acatar estas normas preestablecidas, la condena social es terrible.

Una señorita no puede tener carácter fuerte. “Con ese carácter no vas a conseguir novio” o “te vas a quedar solterona”. Siempre que una mujer contesta o reacciona frente a algo que la indigna, se asume directamente que “tiene carácter podrido”. Si manifestamos un enojo que salga de los límites de lo políticamente aceptable nos tildan de “locas” o “histéricas”.

Una señorita no debe tener opiniones muy formadas. Y si creemos con convicción en algo, entonces “somos soberbias”.

Una señorita debe ser humilde. Es que tener confianza en vos misma y sentirte bien en tu piel no está bien visto: "¿Y esta quién se cree? ¿Miss Universo?"

Una señorita tiene que querer tener hijos. De lo contrario, estaría yendo en contra de la naturaleza, de la ley de la vida. “La mujer que no es madre nos es mujer plenamente”. ¡Que cosa tan ridícula!

Estaría bueno que nos dejaran ser como somos, independizándonos de tanto prejuicio que anda dando vueltas.

Las mujeres no somos “histéricas”, tenemos sangre en las venas y tenemos carácter, como cualquiera, y punto. No somos soberbias ni creídas, simplemente tenemos las ideas claras y una autoestima sólida.

A la gente le molesta mucho cuando alguien no encaja en el molde.

No olvidemos que los preconceptos no hacen más que disminuir intelectualmente a quienes los esgrimen.
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