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miércoles, 4 de diciembre de 2013

Por esnobismo o por amor al arte

{table for two : manger by mimi thorisson, médoc, france} by {this is glamorous}, via FlickrEsta tarde me compré un nuevo libro que ha salido referido al parador restaurant La Huella, de José Ignacio Uruguay.

Como soy una ansiosa atolondrada que no sabe esperar (al menos eso me dice siempre mi marido), esta misma noche me he puesto a ojearlo.

Me encantó leer un breve resumen de la vida que llevaban los dueños del lugar antes de abrir las puertas del parador.

Uno imagina vidas llenas de glamour y esnobismo, considerando que La Huella es el parador de moda de unos de los balnearios más exclusivos. Sin embargo, nada más lejos de la realidad.

Los dueños e impulsores de La Huella son hombres rústicos, que se ganaban la vida lavando copas y que viajaban por el mundo con lo puesto y pocas monedas en los bolsillos.

Son hombres que sueñan, cocineros, artistas, bohemios.

Manejan un negocio top, pero lo hacen por amor al arte (y como un negocio también, claro).

Esa idea me hizo reflexionar. En la vida muchas cosas pueden hacerse por amor al arte o meramente por esnobismo.

Ir a comer a un lugar como La Huella puede ser el medio ideal para ver y ser visto, o puede ser más que nada una experiencia gastronómica, casi artística.

El verdadero amante de la gastronomía se apersona en el restaurant no para ver gente, sino para degustar las croquetas de cangrejo.

Lo mismo ocurre con la literatura. Hay quienes leen a Chéjov porque les gusta, hay quienes lo leen porque queda bien decir que leen a Chéjov.

He recibido miradas de lástima cuando en alguna ocasión he dicho que no termino de comprender a Borges. Ahora bien, si realmente no me gusta, ¿porqué tengo que fingir admiración para quedar bien?

Alguna vez fui tildada de esnob por mi madre, cuando hace algunos años molía maní tostado para agregárselo al wok de pollo. No lo hacía por esnob. Realmente me gusta el pollo con maní. No es por hacerme la rara.

Elegir un restaurant, leer un libro, hasta comprar un traje de diseñador son acciones que pueden entrañar un simple acto de esnobismo o un verdadero tributo a algo que consideramos arte. Todo depende de si lo hacemos mirando a los demás o a nosotros mismos.

Que todas nuestras elecciones sean impulsadas por el amor al arte, que es, en definitiva, lo que enriquece el espíritu.

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lunes, 10 de junio de 2013

Una copa de vino

Luego de un día lleno de contratiempos e incertidumbre, una copa de vino es un mimo al espíritu cansado.

No hace falta más compañía que la de una manta de lana y una buena película en el cable.

Pero una copa de vino también es la excusa perfecta para una charla de amigas. Acompaña la complicidad y la conversación, sostenida entre los dedos como un testigo discreto.

Una copa de vino es el sine qua non de todo plato de comida que se respete. Los sabores se exacerban y los sentidos agradecen.

Con una copa se alivia el cuerpo y se calma el alma. Hace muy bien, como todo lo que se toma en su justa medida.

En parte mis orígenes son mendocinos y por eso llevo en la piel ese amor por el vino y toda su generosidad.

En este día lunes, día aburrido y gris, elegí dedicar unas pocas palabras a la bebida de los dioses. Que nunca falte una copa de vino.






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miércoles, 10 de abril de 2013

Bendito Café

macaronsMe cuesta pensar en un programa más femenino que ir a tomar un cafecito.

El cafecito es la excusa para todo: un encuentro con amigas, una pausa en el trabajo, un pasatiempo de fin de semana, lo que sea. Siempre es buen momento para un café o un té.

Se trata de un ritual muy importante en la vida de todas nosotras. Es una forma económica y sencilla de gratificarnos.

¿Qué sería de nosotras sin esas simpáticas confiterías o casas de té desparramadas por todas las ciudades del mundo?

Recuerdo mi último viaje a la ciudad de Nueva York. Hacía un frío cruel que hacían imposible caminar por la calle.

Luego de recorrer varias cuadras en busca de un lugar para ponerme a resguardo, descubrí sobre Madison Avenue, un Nespresso que me vino como anillo al dedo.

Entré sin dudarlo y me senté a disfrutar de un cortado con un macaron de pistacho. El alma me volvió al cuerpo y pude continuar con mi ajetreada recorrida turística.

Pero los cafés no son sólo programa de invierno. Es muy agradable sentarse al aire libre a mirar la gente pasar entre sorbo y sorbo.

Buenos Aires es la ciudad perfecta para tomar un cafecito, aunque los cafés parisinos son difíciles de superar.

Aquí les dejo una lista de mis cafés preferidos. No dejen de darse una vuelta cuando tengan oportunidad.


1. Piano Nobile, Buenos Aires.

2. Cafe Cluny, New York.

3. Croque Madame en el Museo, Buenos Aires.

4. Chez Francis, París.

5. Café des arts en el Malba, Buenos Aires.








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viernes, 29 de marzo de 2013

10 cosas que me hacen feliz


Cuando asoman problemas en algún frente de la vida, un ejercicio muy efectivo para combatir la desazón, es hacer una lista mental de todas las cosas que nos hacen felices.

Los primeros puestos en la lista no son nada originales. Supongo que en la lista de cualquiera de nosotras se repiten los mismos: la familia, la pareja, los amigos y, en mi caso también, la religión.

Pero quería compartir con ustedes, los otros puntos que, además de los elementos afectivos, integran la lista de cosas que me encantan y que, en definitiva, me hacen feliz.

En honor a la brevedad, elegí sólo diez:

1. Cocinar. Me encanta preparar distintas recetas para los demás, o incluso para mí sola. No me canso de pasar horas en la cocina, aunque, como cualquiera, a veces no tengo ganas de hacer nada y salgo a comer afuera.

2. Las flores. Me las compro yo sola, pero si me las regalan mejor. Si no viajara tanto, probablemente encargaría que me envíen flores frescas todas las semanas. Mis favoritas, las peonías y los jazmines.

3. El champagne rosé. En realidad, me gusta todo tipo de vinos: blanco, tinto, rosé, pero sobre todo el espumante rosé argentino (mal llamado champagne). Me gusta al mediodía y a la noche. No necesito un motivo de festejo para descorchar una botellita.

4. El brunch. Los fines de semana me gusta dormir hasta el mediodía y preparar café, jugo de naranja, tostadas y huevos revueltos. Un pequeño gran lujo.

5. Viajar. Me encanta conocer lugares nuevos. Mis ciudades favoritas son París, New York y Punta del Este (qué viva ¿no?). Un viaje inolvidable fue mi luna de miel en Grecia, muy romántico.

6. Los quesos. TODOS, desde el discreto brie hasta el atrevido pecorino.

7. El verano y los picnics en la playa.

8. El invierno, una chimenea, una frazada, una pila de revistas Vogue y una sopa de calabazas.

9. Mirar películas en la cama. Me cuesta pensar en un mejor programa que mirar algún clásico envuelta en sábanas blancas y rodeada de almohadones mullidos.

10. La vajilla antigua. Ustedes pensarán que es una pavada, pero sentarme a una mesa vestida con una elegante vajilla de alguna época anterior, me alegra la vista y me levanta el ánimo.

Como  les dije, la lista sigue, pero no quiero aburrirlas. En otra oportunidad, publico algunos puntos más. Y a ustedes ¿cuáles son las pequeñas cosas que las hacen felices?

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lunes, 18 de marzo de 2013

Maravillosa Nueva York


Hace muy pocas horas llegué de la ciudad de Nueva York. Pisé el suelo argentino con una felicidad inmensa, con muchas ganas de ver a mi familia y con ansias de volver a mi casa.

No estoy diseñada para largas estadías en el exterior. Extraño mucho y me dan ganas de volver. Pero si hay una ciudad que hace valer la pena el desarraigo temporario, ésa es la ciudad que nunca duerme: New York, New York.

En esta oportunidad, la estadía no fue prolongada: cinco días de playa y cinco días en NYC. Confieso que los cinco días de playa, en gran parte, fueron para ceder a los pedidos de mi marido. No me malinterpreten, me encanta la playa, pero si hubiese sido por mí, hubiese pasado todos los días en Nueva York.

No me canso de esta ciudad. La primera vez que fui volví decepcionada. Probablemente porque me la pasé haciendo los recorridos turísticos y mucho no me divertí. Sin embargo, los sucesivos viajes me fueron descubriendo una cara distinta de Nueva York: la ciudad multicultural, diversa y fascinante que es.

Me encanta probar restaurants nuevos. Hay realmente una variedad asombrosa, pero también me gusta volver a los ya conocidos, como Pastis, mi favorito para el mediodía, donde puedo pasarme horas observando a la gente, acompañada de una soupe á l ´onion y una copa de vino.

También me gusta observar minuciosamente las colecciones de los diseñadores más importantes. Aunque no compre nada, me gusta entrar a las tiendas, mirar, tocar, probarme las prendas, sin perjuicio de la mirada impaciente de los vendedores que trabajan a comisión.

Me gusta caminar sin rumbo por las calles neoyorkinas, a la espera de algún lugar desconocido que aparece a la vuelta de la esquina.

También me di el lujo de recorrer todos los pisos del Museo de Arte Moderno, donde no sólo es un programa mirar las obras, sino también analizar a la gente que frecuenta el museo.

El frío y las ocasionales lluvias no lograron opacar una estadía en Nueva York que sólo puedo definir como simplemente maravillosa.

Y aquí estoy, recargada de energía para encarar el día a día cotidiano que retomo esta semana.

Los viajes abren la cabeza, te muestran realidades y culturas distintas. Te sacan, aunque sea por unos días, del micromundo en el que estamos inmersas y que, muchas veces, nos impide ver el big picture.

Me encantaría volver pronto a la gran manzana. Aunque por ahora estoy sumamente contenta de estar de nuevo en casa.

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martes, 29 de enero de 2013

Las mujeres y los detalles


Todos tenemos, en mayor o menor medida, capacidad de disfrutar de las cosas o momentos buenos. 

Apreciamos una casa linda, una buena comida, una conversación entretenida, como experiencias globales.

Las mujeres, en general, además de disfrutar de las cosas de la vida, somos capaces de aprehender detalles y de valorarlos casi más que a la experiencia entera en sí.

Es que creo que son estos detalles los que hacen que las cosas sean especiales. Pueden parecer pequeñeces, pero en definitiva generan la diferencia entre algo bueno y algo genial.

Hace poco fui a un restaurant al que califico como muy satisfactorio. La comida fue excelente, el servicio impecable y el lugar encantador. Sin embargo, lo que más se me grabó en la memoria fue la ramita de lavanda que había sobre la servilleta blanca recién planchada.

Me gusta estar en los detalles. A mí me conmueven, y siento que a través de ellos yo también puedo conmover a los demás.

Me divierte servir petit fours junto al café, colocar jaboncitos de hotel en el baño, encender velas en una comida romántica, picar hierbas frescas para presentar un plato y ponerle perfume a las sábanas.

Como muchas mujeres, no sólo soy detallista, valoro los pequeños gestos en los demás. En todos, desde la gente con la que trabajo, hasta el verdulero que te elige los mejores tomates.

Y, por supuesto, me encantan los detalles en un hombre. Que levante la mano la mujer que no se derrite cuando su pareja le compra sus flores preferidas, recuerda cuál es su película favorita o le trae el desayuno a la cama.

Nada más atractivo en un hombre que estar atento a esas pequeñas cosas que nos dan felicidad.

Un detalle dice “me importa”, “me ocupo”. Un detalle refleja la personalidad de su autor y hace del mundo un lugar más lindo.

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lunes, 14 de enero de 2013

Punta del Este: entre el glamour y el relax


Queridas lectoras, no me he muerto, mi ausencia en este blog se ha debido a que estoy tomando unas lindas vacaciones en un lugar en el que, hasta hace poco, no contaba con una conexión decente a Internet.

No es que me haga los rulos pensando que miles de mujeres estaban desoladas preguntándose por qué no escribí en tanto tiempo, pero espero que alguna que otra me haya extrañado.

Aquí estoy, en la fascinante ciudad de Punta del Este, que cada año que pasa me gusta más.

Aproveché estas últimas semanas para vivir sin teléfono, sin Internet y sin televisión. Totalmente desconectada, me dediqué a la lectura, a cocinar y a algunas salidas esporádicas a comer.

Estando acá, frente a un mar que ruge y sin ninguna ocupación en particular, me veo tentada a hacer vida casera y tranquila. Pero es realmente un desperdicio estar en un lugar como Punta del Este y no salir a disfrutar de los lugares que tiene para ofrecer.

Los primeros minutos del 2013 me encontraron en la magnífica fiesta del hotel Conrad rodeada de familia y amigos de toda la vida. La fiesta estaba ambientada en la cultura maya (como una forma de rendirles tributo y decirles que los perdonamos por equivocarse con lo del fin del mundo).

Esta temporada he conocido nuevos restaurants con muy buen nivel gastronómico como el peruano “Nuna” y la panadería/bistró “La Linda”. También he visitado varias veces mis restaurants favoritos, “La Huella” siempre fashion y vigente y “Lo de Charlie” (en mi humilde opinión, la mejor cocina de Punta del Este).

En lo que a lectura respecta, compré dos libros. Uno de ellos resultó ser un fiasco total, y el otro todo un hallazgo. Sucumbí a los dictados de las masas y compre “Las 50 sombras de Grey”. Ya me habían advertido que se trataba de una novela erótica, pero nada me preparó para lo que me encontré: literatura chatarra, básicamente porno y de mal gusto, y además aburrida. Le di una oportunidad hasta el capítulo 18 y la dejé.

Por otra parte, me sorprendió gratamente un pequeño libro titulado “Reinas de Francia” de Jean Cocteau, una obra que dedica unas pocas páginas a recordar algunas de las figuras femeninas más importantes del país Galo.

Así que ya ven, la estoy pasando de mil maravillas, disfrutando mucho y tratando de cumplir mi única resolución de año nuevo: ser feliz.
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martes, 30 de octubre de 2012

Uruguay I love you


Todas tenemos una lista de lugares en el mundo que morimos por conocer, o que ya conocemos y nos gusta tanto, que cada vez que podemos, nos hacemos una escapadita.

La verdad es que, en este sentido, yo no soy original: muero por París y me encanta Nueva York, como al 99% de las mujeres que conozco.

Pero hay lugares en el mundo que se nos meten debajo de la piel. Uruguay, para mí, es uno de ellos. Particularmente, sus playas me pueden. No son de aguas turquesas, ni de arena blanca, pero tienen un je ne sais quoi que me transmite paz y tranquilidad.

Uruguay no me gusta sólo por su movida esteña durante el verano. Me gusta por su simpleza, por la amabilidad de su gente, por sus kilómetros y kilómetros de playas desiertas, por sus brótolas al roquefort y su invitación al relax.

Curiosamente, uno de mis programas de cocina favoritos, Trocca a la Fontán, se trasladó a José Ignacio. Podría pasarme horas mirando a los dos chefs preparando todo tipo de platos frente al mar. Fantaseo con estar ahí con ellos, cocinando copa de vino en mano. Cada capítulo no hace más que alimentar mis ganas de volver.

Uruguay me recuerda a mi infancia, ensalza mi presente y me susurra el futuro. Me regala atardeceres reflexivos y noches frescas. Sueño con una vejez frente al mar, caminando descalza por la playa, compartiendo anécdotas con familia y amigos.

Uruguay me hace feliz. Hace nueve meses que no lo visito y ya se me está empezando a colar la nostalgia.
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miércoles, 24 de octubre de 2012

No snobearás


Ayer por la noche fui a una degustación de vinos con la mamá de mi marido. Ella me invitó porque sabe lo mucho que me gustan los vinos y le pareció una linda oportunidad para hacer un programa juntas.

La verdad es que la pasamos muy bien. La gente, en general, tenia cincuenta años o más, yo estaba bastante por debajo, pero a mí no me importaba, ya que estaba demasiado entretenida maridando vinos con quesos.

Charlamos con mucha gente (tanto, que uno de los organizadores me sugirió “conversar un poco menos y degustar un poco más”).

Una de las personas con la que conversamos era una mujer americana que recientemente se había mudado a Buenos Aires. Le pregunté por qué se había venido a vivir a la Argentina y me contó que luego de muchos años de trabajar en Wall Street, había optado por llevar un estilo de vida más tranquilo y “open mind” que el que llevaba en Manhattan.

Hablamos un rato largo acerca de vinos y restaurants. Yo, como me gusta tanto la gastronomía, me sentí lo suficientemente cómoda como para recomendarle bodegas para visitar en Mendoza y restaurants para ir a comer en Buenos Aires. Pero cada lugar que yo mencionaba, mi interlocutora neoyorkina lo rechazaba con una mueca de menosprecio. “Ah, si lo conozco, pero no vale mucho la pena”, “Si, si, I know it, mmm, not so good…”

Claramente no había nada que yo pudiera decir en esa conversación que a ella le acomodara. Me hablaba con aires de superioridad gastronómica, sin el más mínimo interés en lo que yo pudiera aportar.

Yo tampoco pretendía recibir una respuesta muy entusiasta que digamos, pero si estoy compartiendo mis opiniones con alguien, lo mínimo que espero es que no me snobeen.

Verán, no importa si sos un erudito en algún tema, siempre hay que escuchar a los demás con una cuota de humildad.

Muchas veces me he topado en la vida con personas que, al igual que la señora americana, creen sabérselas todas en algún ámbito, ya sea gastronomía, moda, política, derecho, economía, o lo que sea.

Pero la realidad es que uno nunca sabe cuándo puede encontrarse con un aporte interesante, por mucho que se sepa de algún tema. Saber escuchar es una virtud, es la virtud de los grandes. Porque quien cree saberlo todo, no aprende nada más, y eso es muy triste.

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lunes, 23 de julio de 2012

Esperando los tomates


Creo que ya lo he dicho muchas veces: me encanta cocinar. Claro, también me gusta mucho comer, pero me gusta todavía más cocinar. Porque cocinar implica un proceso creativo, en el que si bien existen algunas reglas básicas, la libertad predomina.

El proceso creativo de la cocina comienza en el mercado, cuando se elije la materia prima, los ingredientes que van a conformar el plato.

A veces te vas al mercado pensando: “voy a comprar unos tomates y un pan casero para preparar unas bruschettas.” Pero cuando llegás a la verdulería los tomates no te tientan nada. Están verdes, duros y no tienen aroma. Y resulta que al lado hay unas berenjenas divinas, entonces decidís que mejor vas a preparar unas berenjenas a la parmesana.

En la vida, en general, ocurre lo mismo. Podés hacer todos los planes que quieras, pero cuando llega el momento las cosas pueden no salir como lo imaginaste.

Quizás pensás que vas a dedicarte a pintar cuadros y terminás trabajando en un banco. Pensás que no vas a tener hijos y terminás siendo madre de cinco, pensás que a los treinta ya vas a estar felizmente casada y el príncipe azul no llega.

Querías tomates, pero no estaban buenos, no estaban maduros, aún no era tiempo de tomates. Entonces te llevás las berenjenas. Eso no significa que te hayan dejado de gustar los tomates, algún otro día prepararás las burschettas, pero por ahora hay berenjenas.

El desafío es aceptar tu destino, amando lo que te toca, aunque no lo hayas elegido y nunca renunciar a lo que realmente querés. Ya vendrá la época de los tomates, mientras tanto prepararás las mejores berenjenas a la parmesana del mundo.


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miércoles, 13 de junio de 2012

París je t´aime


Ilustración de Brooke Hagel
Hace pocas semanas tuve la dicha de poder visitar mi ciudad preferida en todo el mundo: París.

En realidad, la idea original de mi viaje era conocer Italia, pero estando tan cerquita, no pude dejar de pasar por la ciudad de la luz. Tenía que asegurarme de que Notre Dame y la Torre Eiffel siguieran ahí.

Me confieso total e incurablemente adicta a París (una adicción cara, lo tengo presente). Soy adicta a sus calles, a sus quesos, a sus vinos y a sus diseñadores, pero por sobre todo, soy adicta a su gente.

En París la gente derrocha lecciones de arte de buen vivir. Puedo pasarme horas sentada en un café observando a los parisinos en su hábitat natural.

La baguette acompaña las mañanas. Es que el pan se consume fresco, recién horneado. La copa de vino está presente en la mesa de todo parisino que se respete, aún al mediodía. La elegancia fluye natural. El echarpe es más que un accesorio, es una expresión de la personalidad. El idioma es una canción, un murmullo decorado con ribetes casi impronunciables.

Mientras me probaba un saco en una boutique, intentando formar frases en mi esforzado francés, la vendedora comenzó a hablarme en español:

-          ¿Cómo es que hablás tan bien el español? - Le pregunté.
-          Mi marido es español – Me dijo.
-          Ahhh, ok ¿Pero vos sos francesa?
-          Yo soy parisina – Me contestó.

Para el parisino, París es la mejor ciudad del mundo. Y con justa razón.
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lunes, 21 de mayo de 2012

La dolce vita


Cuando preparaba mis valijas para viajar a Italia, ya sabía que me esperaban cosas grandiosas, cosas que me dejarían estupefacta.

Italia nos recibió con sus brazos abiertos y, tal como lo esperaba, me impresionó. Pero no hicieron falta cosas grandiosas para impresionarme. No fue necesario ni el Coliseo, ni El David de Miguel Ángel, ni la Catedral de Siena para conmoverme.

Una copa helada de prosecco y un plato de proscciuto frente a la Piazza del Popolo en Roma, inauguraron nuestra estadía en Italia. Comprendí que no necesitaría la guía ilustrada que había comprado en Buenos Aires con su listado de monumentos y lugares de interés, para aprovechar mi viaje.

Italia está disponible, abierta, simple para el que quiera zambullirse en su esencia.

Las trattorías se alinean en las calles con sus manteles a cuadros. Los dueños se paran en la puerta y prácticamente te obligan a sentarte a la mesa cuando uno pasa caminando.

Las vidrieras de vía Condotti despliegan su espectáculo de elegancia a través de modelos perfectamente confeccionados con géneros que caen con naturalidad.

La Toscana me conquistó el alma. No por sus pueblitos medievales, ni por sus catedrales góticas, sino por sus paisajes verde intenso y su olor a pino. Sus cipreses, olivos y viñedos son un poema. Los contemplo desde mi ventana en una casa de campo que parece sacada de un cuento.

Las sábanas son blancas y frescas. Los jaboncitos en el baño, hechos con aceite de oliva, dejan la piel brillante e increíblemente suave. A veces pienso que los italianos tienen esa piel dorada perfecta por consumir tanto óleo de oliva.

El vino de Toscana es aromático y misterioso. Se lleva muy bien con el queso pecorino y la miel que degustamos en la Piazza de Siena.

Italia seduce por sus aromas, sabores y paisajes, más que por su milenaria historia y sus monumentos imponentes.

Seguiré mi recorrido tratando de mimetizarme con esta gente que entiende que hay cosas en las que vale la pena invertir tiempo, la buena mesa y la buena vida. 
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sábado, 7 de abril de 2012

Un lugar seguro


Una de mis películas favoritas es “Julie and Julia”. En una escena, Julie, mientras prepara una torta en la cocina, luego de volver de una jornada de su trabajo desgastante y tedioso, le dice a su marido:

“¿Sabés qué es lo que más me gusta de cocinar? Me gusta que después de todo un día en el que nada es seguro, podés volver a tu casa sabiendo que si agregás yemas de huevo a chocolate con azúcar y leche, la preparación se pone espesa. Es muy reconfortante.”

Me siento muy identificada con la película, pero particularmente con esa escena.

El sábado a la noche me encontró recibiendo malas noticias en el ámbito laboral. No sé si es el cansancio, o la frustración que me provoca que las cosas no salgan como espero, simplemente no aguanté más y fui presa de un ataque de nervios.

Ahora comprendo por qué siempre que mi papá se iba a la oficina decía “me voy a seguir empujando el elefante”. Siento que a pesar de los esfuerzos, todo se mueve en cámara lenta.

Y como todos tenemos un límite, hoy alancé el mío. Rompí en llanto y no podía parar. De repente empecé a sentir hambre. Me vino un antojo incontrolable de comer espaguetis con salsa de ricota, cebolla y nuez.

Me encerré en la cocina y me puse a picar los ingredientes y a hervir el agua para la pasta. En ese momento entró mi marido y empezó a condimentar una entraña porque prefería comer carne. Yo le preparé un arroz con maní, cúrcuma y curry para acompañarla.

Sin darme cuenta, envuelta en el aroma de múltiples ingredientes que se cocinaban, mis problemas habían quedado en segundo plano. Por algunos momentos, esa magia que tiene la cocina consiguió que pudiera clamarme y mirar las cosas en perspectiva.

Recordé las palabras de Julie en la película y pude comprobar que en efecto para mí la cocina es un lugar seguro, donde recupero la tan necesaria y a veces esquiva sensación de tener las cosas bajo control.
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domingo, 27 de noviembre de 2011

Ese amor por la cocina


Pocos ámbitos permiten expresar las emociones de manera tan generosa como la cocina.

Muchas personas me considerarían loca por prender el horno en un día con 35 grados de calor. Sin embargo, nada me da más paz que mirar como las papas se doran lentamente con oliva, orégano y pimentón.

Cada lugar ofrece sus ingredientes típicos, e invita a inventar o improvisar recetas nuevas. Hoy Mendoza, con sus paisajes montañosos y su sol incansable, me ha inspirado a preparar un brunch para el recuerdo.

La pasión por la cocina no tiene hora ni lugar. Puedo pasarme horas transformando los alimentos, tocándolos, oliéndolos. Disfruto más del proceso de preparar la comida que del momento de comerla.

Mi mayor gratificación es ver la cara de mis seres queridos cuando prueban los platos que preparo con todo mi cariño.

Y la tarde no da tregua. Sobre el sillón me espera mi nuevo libro de cocina, a cuya lectura pienso dedicar mi tarde mendocina. Voy a zambullirme en las recetas de Francis Mallmann. Hace dos días fui a comer a su restaurant y quedé maravillada con su risotto con hongos.

Después de aquella comida, mi marido, en un acto de generosidad y egoísmo a la vez, me regaló el libro que contiene todos los secretos del chef.

¿Qué mejor forma de agradecerle el regalo que cocinar alguna de sus recetas?

Dedico este breve post a todos aquellos que dejan el alma en la cocina. A los que como yo, consideran que la gastronomía es una de las formas más nobles de arte. Y sobre todo, a aquellos que usan a la comida como una excusa para unir a la familia o a los amigos para darles amor.
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miércoles, 24 de agosto de 2011

El lujo no es pecado


Hace unas semanas, fui a almorzar con una amiga. Pedí una ensalada con tomatitos secos, rúcula y salmón ahumado. Para acompañarla, además de agua, me pareció apropiado una copita de champagne. Mi amiga me preguntó ¿festejamos algo?

¿Por qué tengo que tener un motivo de festejo para tomar champagne?

La verdad es que me gusta darme lujos, pequeños o grandes. Te sacan de la rutina y te hacen la vida más entretenida.

Cuando paso por un período de mucho trabajo, intento recompensarme con algún viaje, aunque sea cerca. Me encanta cocinar, pero también disfruto mucho saliendo a comer afuera a algún lugar lindo. Otra cosa que me levanta el ánimo cuando estoy más o menos, es comprar un buen par de zapatos.

Sin embargo, he notado que socialmente no está muy bien visto darse lujos. La gente, en general, te mira con cara de “Ah, no te privás de nada…”

Yo pienso que la vida es una sola. Claro que primero siempre vienen las responsabilidades, pero también hay que saber mimarse un poco.

Ni siquiera hace falta gastar grandes sumas. Comprarse flores, hacerse una manicura, deslizarse entre las sábanas recién puestas, se me ocurren miles de formas de lujo que no son para nada caras.

En uno de mis libros favoritos, la autora, una francesa residente en Estados Unidos, compara la cultura norteamericana con la de Francia.

Ella explica que el lujo y el placer son nociones que los franceses tienen muy incorporadas a su vida cotidiana. Comen con su copita de vino, se toman el tiempo para sus rituales de belleza, gastronómicos y sociales. Los yanquis, por el contrario, suelen comer en carritos en la calle y, en general, no ven con buenos ojos el lujo y los gastos “inútiles”. Son más prácticos y productivos, sí, pero más aburridos.

No hay nada de reprochable en la sana búsqueda de placer. Mejor que vivir, es vivir bien.
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domingo, 26 de junio de 2011

I like food


Hace algunas semanas, mi marido y yo viajamos a Estados Unidos de vacaciones. Una noche, después de un largo día de playa, decidimos hacer una reserva en el restaurant del hotel.

La verdad es que tenía muchísimo hambre porque lo único que había comido en todo el día era una ensalada al mediodía.

La especialidad del restaurant era comida italiana, lo cual me hizo pensar que los platos iban a ser contundentes y abundantes.

Me senté en la mesa preparándome para pedir una montaña de risotto con portobellos, o alguna otra delicia similar.

La sorpresa vino cuando al abrir la carta me encontré con una serie de platos pretenciosos, y NINGÚN RISOTTO.

Me sentí un poco frustrada al descubrir que en ese lugar no iba a poder satisfacer el apetito voraz que me aquejaba esa noche. De todas maneras, ya estábamos ahí, así que me resigné y pedí la comida.

Tal como imaginé los platos eran muy pequeños, pero no por ello, menos exquisitos.

El primer plato, la polenta con salsa de hongos, era espectacular. El segundo plato, un pescado con espárragos y jamón crudo, realmente bueno. Y la torta húmeda de chocolate, un manjar.

Esa noche la cantidad de comida que mi organismo reclamaba, fue reemplazada por su exotismo y calidad.

Claro que al día siguiente fuimos directo a atacar una hamburguesa con papas fritas.

Así funciono yo. No puedo vivir comiendo comida sofisticada, pero la disfruto cada tanto. Así como tampoco soporto la comida chatarra muy seguido, pero de vez en cuando la necesito.

Me encanta comer afuera, pero nada como la comida hecha por una misma. Es cierto que me gusta comer, pero más me gusta cocinar.

La verdad es que soy tan abierta en el ámbito gastronómico, que por mucho tiempo me ha costado definir mi relación con la comida.

Recientemente encontré esa definición en una frase de Gwyneth Paltrow, dentro de su nuevo libro de cocina: “I like food”.

Tan simple.
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martes, 23 de noviembre de 2010

En el supermercado


Se puede decir mucho de una persona con sólo mirar lo que lleva en el carrito del supermercado.

Hoy había un señor adelante mío en la fila para pagar, que llevaba una botella de whisky, sándwiches de miga y langostinos. No hizo falta ni mirarlo para darme cuenta de que estaba frente a un bon vivant. Son mis favoritos.

Pero, a su vez, en el supermercado abundan las que yo denomino “chicas light”. Si, esas que cargan el carrito con yogur Ser, galletitas de salvado y manzanas. Honestamente, me deprimen.

También es común toparte con las clásicas amas de casa (de las que tienen miles de niñitos) que compran de todo mucho y en envase grande. Llevan el carrito lleno hasta el tope. Y encima, probablemente la compra les dure sólo una semana.

Y después está, por supuesto, el carrito del soltero: cerveza, desodorante, espuma de afeitar y comida congelada.

Los carritos hablan. Reflejan tu día a día. Hoy el mío probablemente decía que voy a pasar una linda nochecita de verano con algunos invitados: queso brie, camembert y vino rosé. No puede fallar.
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jueves, 1 de julio de 2010

Degustar la vida


Hace algunos años pasé por la vidriera de una librería y me puse a mirar la parte de novedades. Recuerdo haber visto un libro con el título: “Las francesas no engordan”. Me causó muchísima gracia. Me fui sonriéndome y pensando: “Que cosa tan ridícula”.

A los dos meses, irónicamente, me lo compré.

El libro terminó encantándome. Lo devoré en pocos días. Su enseñanza consiste, en pocas palabras, en que en lugar de obtener placer de la comida a través de la cantidad, hay que concentrarse en la calidad.

La idea es no privarse de nada, pero saber elegir. Si te comés una ensalada de lechuga y tomate, probablemente te resulte tan aburrido, que necesites una milanesa enorme para acompañarla. Pero si en cambio la ensalada tiene distintos tipos de hojas verdes, palta, un buen queso en hebras, un poco de pollo y un aderezo de oliva y miel, no vas a querer comer nada más. Un plato mediano de esta ensalada, una copita de chardonnay y unas galletitas marineras, constituyen una comida digna de una reina.

Si te gusta lo dulce, no te compres una barra gigante de un chocolate mediocre. Por el mismo precio, comprate un pedacito de chocolate suizo y maridalo con un buen té o café.

El libro está lleno de consejos útiles que te cambian la forma de ver la comida. Además tiene un montón de recetas.

El mundo gourmet es amplísimo. Cada país tiene su cultura gastronómica. Hay que probar de todo y aprender a disfrutar desde un asado criollo, hasta un buen sushi. A mí me fascina descubrir cosas nuevas. Cada vez que voy de viaje trato de pedir las especialidades típicas del lugar. No le encuentro ningún sentido a recorrer el mundo para pedir bife de chorizo. Existen miles de platos, de condimentos y de especias por ser conocidos.

¡Ni hablar de vinos! La variedad es increíble. Un buen tinto con tu chico a lado de una chimenea, o un blanco bien fresco con amigas en una tardecita de verano.

Desconfío de la gente que no le gusta comer. Creo que se pierden una parte fundamental de la vida. Es que si somos lo que comemos ¿Acaso no es mejor mantener una mentalidad abierta?
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domingo, 4 de abril de 2010

Los contadores de cuentos


Amo a la gente que sabe disfrutar de la vida.

¿Vieron que a veces uno conoce personas que parecen haber vivido experiencias increíbles? Son seres encantadores y optimistas que atesoran cada momento en sus memorias.

En ocasiones veo el programa de Francis Mallmann por el canal de televisión "El Gourmet". Además de gustarme mucho sus recetas, disfruto de las historias que cuenta mientras prepara sus platos. Cada comida tiene una anécdota única.

Así como Francis, en mi vida he conocido muchas personas que aprovechan cada minuto: Amantes de la comida rica, de los lugares bellos, de los encuentros con seres queridos, de la buena música.

Yo, peleando con mi personalidad inquisitiva, trato de seguir su ejemplo. Creo que es muy positivo rodearse de ellos. Para aprender a disfrutar, nada mejor que compartir tiempo con los especialistas.

Me encanta escuchar sus historias, soñar, soltarme y, también yo, coleccionar buenos momentos.
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