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martes, 10 de septiembre de 2013

No abandonarás tu manicura

...Aquí estamos, continuando con la seguidilla ininterrumpida de náuseas y mareos.

Los días se me hacen largos. Admito que desde que me levanto de la cama, lo único que añoro es el momento en el que llega nuevamente la hora de ir a dormir.

Si ya sé lo que están pensando, soy un bajón. Can't help it.

Pero la vida no se detiene porque una esté embarazada. Nosotras, las mujeres de la modernidad tenemos que gestar los hijos y seguir viviendo.

Más complicado es todavía para las que ya tienen otros hijos que cuidar.

El trabajo nos demanda, se acaba el agua mineral, la leche, el cereal, nuestros maridos nos necesitan y tenemos que hacernos cargo.

El mundo sigue girando, poco influye nuestro estado de salud.

Y además de las obligaciones cotidianas, hay una actividad que toda mujer coqueta que se respete jamás abandona, pase lo que pase. Esa actividad es: hacerse las manos.

Así es, la manicura no se abandona. Si te morís del dolor de panza, te arrastrás como sea hasta la peluquería y te hacés las manos como una mujer civilizada.

Ya te sentís mal, poco sabio es empeorarla viéndote mal.

El peinador y la manicura se visitan durante todo el embarazo, hasta el día antes de parir. No quiero excusas ni mamás descuidadas.

Siguiendo esta máxima femenina, encontré el momento para ir a la manicura y me pinté las uñas con un color de nombre bastante pretencioso: Cherries in the snow. 

En general soy partidaria de las uñas blancas naturales, pero ante el panorama de días monótonos y sin mucha actividad, decidí ponerle un poco de onda a mi vida con uñas color cereza.

Cada una le pone onda como puede. Yo, me pinto las uñas.

Scrapbook: Beauty










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domingo, 17 de febrero de 2013

El trabajo y el glamour


Después de una relajante (y bastante larga) estadía en Punta del Este, mi regreso a la Argentina me encontró con una considerable cantidad de temas acumulados en el trabajo y un persistente cargo de conciencia por estirar mis vacaciones.

Por eso, cuando comenzó febrero, decidí viajar al interior del país para dedicarme a los tan postergados temas laborales.

Ya estamos a 18 del mes y no me he movido de este lugar. Ya usé varias veces la ropa que traje en la valija y todavía me queda una semana de estadía. En general soy bastante hábil para preparar valijas (debe ser porque me la paso viajando desde que tengo uso de razón), pero tampoco puedo llevar todo mi guardarropa de Buenos Aires a cada lugar al que voy.

Cuando una viaja frecuentemente, la ropa nunca está disponible. Porque te quedó en otra ciudad, porque se está lavando, por lo que sea. Me pasa muy seguido querer ponerme, por ejemplo, una pulsera y: “Ay no. La dejé en Mendoza”.

A veces llevo los stilettos a pasear en la valija y no los uso. Cuando por fin decido no llevarlos, los necesito porque tengo un programa de último momento. Típico.

Si bien paso tiempo en distintas ciudades, hay ciertos rituales de belleza que sólo cumplo en determinado lugar. El color, las cejas, las manos, los pies. Y ese lugar queda en Buenos Aires. Por lo tanto, esta prolongada estadía en el interior me tiene de lo más desalineada.

Las raíces marrones ya me llegan hasta la oreja y mis manos parecen las de una profesora de artes plásticas.

Necesito desesperadamente volver a mi ciudad de residencia (no sólo porque extraño a mi marido, claro), sino también porque tengo que dedicarme a mi estética personal antes de que pierda por completo el sentido de feminidad.

Pero estimo que esto de dejarse estar, no sólo me sucede a mí porque viajo. En cualquier circunstancia, nómada o sedentaria, cuando el trabajo se pone demandante, la coquetería pasa a segundo plano.

Lo veo en mis amigas, cuando están muy a full con sus carreras empiezan a descuidarse el pelo, la ropa y hasta la figura.

Aprender a balancear el cuidado personal y la vida profesional es otro de los pequeños, pero no por eso menos importantes, desafíos de las mujeres modernas.
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martes, 29 de enero de 2013

Las mujeres y los detalles


Todos tenemos, en mayor o menor medida, capacidad de disfrutar de las cosas o momentos buenos. 

Apreciamos una casa linda, una buena comida, una conversación entretenida, como experiencias globales.

Las mujeres, en general, además de disfrutar de las cosas de la vida, somos capaces de aprehender detalles y de valorarlos casi más que a la experiencia entera en sí.

Es que creo que son estos detalles los que hacen que las cosas sean especiales. Pueden parecer pequeñeces, pero en definitiva generan la diferencia entre algo bueno y algo genial.

Hace poco fui a un restaurant al que califico como muy satisfactorio. La comida fue excelente, el servicio impecable y el lugar encantador. Sin embargo, lo que más se me grabó en la memoria fue la ramita de lavanda que había sobre la servilleta blanca recién planchada.

Me gusta estar en los detalles. A mí me conmueven, y siento que a través de ellos yo también puedo conmover a los demás.

Me divierte servir petit fours junto al café, colocar jaboncitos de hotel en el baño, encender velas en una comida romántica, picar hierbas frescas para presentar un plato y ponerle perfume a las sábanas.

Como muchas mujeres, no sólo soy detallista, valoro los pequeños gestos en los demás. En todos, desde la gente con la que trabajo, hasta el verdulero que te elige los mejores tomates.

Y, por supuesto, me encantan los detalles en un hombre. Que levante la mano la mujer que no se derrite cuando su pareja le compra sus flores preferidas, recuerda cuál es su película favorita o le trae el desayuno a la cama.

Nada más atractivo en un hombre que estar atento a esas pequeñas cosas que nos dan felicidad.

Un detalle dice “me importa”, “me ocupo”. Un detalle refleja la personalidad de su autor y hace del mundo un lugar más lindo.

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miércoles, 5 de diciembre de 2012

Lo que trae el verano


La mañana de hoy me encontró con algunas horas libres y un verde jardín a mi disposición. El sol brillaba luego de varios días de lluvias y cielo gris. Decidí entonces inaugurar mi pre veranito. Me puse el traje de baño y me acosté a tomar sol con la esperanza de adquirir un leve color.

No soy muy amante del sol. Me aburre estar tendida con el único objetivo de broncearme. Además me atemoriza bastante el daño que puede generarse en mi piel. Por eso, a riesgo de sonar como folleto de dermatólogo, nunca me expongo entre las 12 y las 16 y siempre uso protector solar.

Los días previos al verano traen aparejadas muchas sensaciones. Una no muy agradable es la de ponerse el traje de baño por primera vez en la temporada. Estás blanca, todavía arrastrás algunos kilillos de más del invierno y no estás acostumbrada a pasearte con tan poca ropa, más aún considerando que los últimos meses estuviste protegida por capas y capas de abrigo.

El verano también trae otras sorpresas desagradables como el uso indiscriminado y desmedido de las ojotas de goma. De repente cientos de mujeres circulan por las calles luciéndolas como si el verano legitimara su uso en cualquier ocasión. Las ojotas de goma sólo se ven bien en la playa, y a lo sumo, cuando tenés las uñas recién pintadas y no podés ponerte otra cosa por unas horas. Pero sólo por unas horas.

El comienzo de los días cálidos también deja en evidencia a las mujeres desprolijas. Porque una depilación descuidada o unos pies sin pedicuría pasan desapercibidos en invierno, pero en verano todo está a la vista.

El verano comienza a anunciarse a mediados de la primavera con los primeros duraznos y cerezas, con el abarrotamiento de los gimnasios en donde mujeres desesperadas buscamos recuperar el tiempo perdido y con las sandalias que empiezan a asomarse tímidamente desplazando a los zapatos cerrados.

Unos reflejitos más en el pelo, una reserva de pasajes con destino a la playa, una blusa de un color estridente, cada mujer se prepara para recibir el verano de manera diferente. Pero todas con la misma convicción, que el calorcito y los días largos no pueden traer otra cosa más que lindos momentos por vivir.
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sábado, 13 de octubre de 2012

Mimate


Las mujeres llevamos ínsita en nuestra naturaleza, esa necesidad de dedicarnos a los demás y de postergarnos.

Piensen por un momento cuántas horas de sus semanas dedican a los otros, a cuidar a alguien, a acompañar a alguien, al trabajo, etc.

En general ocurre que no nos ocupamos mucho de nosotras mismas, y luego nos preguntamos por qué estaremos tan estresadas.

Algunas tenemos la suerte de contar con personas que nos mimen, pero muchas veces sucede que la dedicación y el esmero que ponemos en todo, no nos es retribuido proporcionalmente.

Mi teoría es que no tenemos que esperar a que los mimos vengan de afuera. Tenemos que aprender a mimarnos nosotras mismas. Si somos capaces de desarrollar una increíble capacidad de mimar a los demás, ¿cómo no vamos a ser capaces de auto aplicarlo?

Las formas en las que podemos mimarnos son muchas:

Sentate en un lindo restaurant, con mantel blanco impecable, a disfrutar de una sopa de calabazas asadas con una copita de vino tinto.

Comprate un ramito de tus flores preferidas. Ayer me regalaron uno de margaritas chinas y son tan lindas que no me canso de mirarlas.

Regálate un spa day para disfrutar de un masaje con aceites perfumados.

Andate sola al cine a disfrutar de esa película que a vos te encanta, pero nadie te quiere acompañar a ver.

Apagá el teléfono.

Sumergite en un libro con una tetera llena de tu té favorito.

Visitá a la manicura.

No importa la forma en que lo hagas, lo importante es dedicarte a vos misma. Mimate, querete. Si no lo hacés vos, no esperes que otros lo hagan.

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sábado, 4 de agosto de 2012

10 cosas que tenés que evitar para sentirte bien


Entiendo que este post no va a resultar muy novedoso que digamos. Las páginas de las revistas femeninas están llenas de consejos acerca de cómo llevar una vida sana, cómo vestirse, etcétera, etcétera. Pero yo quería hacer mi propio decálogo y eso es lo bueno de tener un blog propio: una escribe lo que quiere.

Estas son las conductas que creo que hay que evitar para sentirse en armonía. No quiere decir que yo siempre lo cumpla, pero definitivamente lo recomiendo:

1. Nunca tirarse abajo: la vida está llena de obstáculos y desilusiones, lo importante es no perder la esperanza y la confianza en una misma. Querete y trabajá en tu autoestima. Para tirarte abajo ya están los demás.

2. No dormir menos de 8 horas por día: sino dormís bien, no funcionás bien. Es tan simple como eso.

3. No a la vida sedentaria: moverse es fundamental. Yo no soy una persona deportista, pero trato de hacer caminatas enérgicas, evito el ascensor y voy a todos lados que puedo a pie.

4. No te obsesiones con el peso: nada más deprimente que una mujer que vive a dieta. Hace poco escuché a una modelo decir que sólo come pollo. Con la variedad de comidas espectaculares que hay, ceñirse a un alimento me parece muy triste. Si somos los que comemos, ¿quién quiere ser sólo un pollo?

5. No al poliéster: no te guíes por las etiquetas, guíate por los géneros y materiales. Un saco puede costar 2000 dólares y ser super ordinario igual. No hace falta gastar mucho para comprar bien. Elegí calidad: la ropa es tu segunda piel.

6. No a la Coca Cola: el agua es lo más natural.

7. No a los excesos: todos tenemos nuestros excesos, el cigarrillo, el sol, el alcohol, la comida, el gimnasio. Los míos son el champagne y la televisión. Hay que evitarlos.

8. No te conformes: casate con un hombre que te ame con locura. Sólo así es posible la vida de a dos. Hay mujeres que se casan con el primero que se les cruza sólo para no estar solas. Mejor sola que mal acompañada.

9. No al escepticismo: rezá mucho, la vida espiritual es fundamental.

10. No a la pereza: trabajá duro, nada importante se consigue sin esfuerzo.
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jueves, 15 de diciembre de 2011

Siempre estarán los rulos


Como muchas mujeres argentinas, tengo una especie de obsesión con el pelo lacio.

Si bien nací con una mezcla de rulos con ondas, desde mi temprana adolescencia he batallado contra ellos con cuanto producto ofrecen la ciencia y la tecnología.

Al principio contaba sólo con mi siempre presente amigo, el secador de pelo. Con los años, apareció una de las armas más poderosas en la lucha contra los rulos: la planchita. Gran aliada y compañera. Y en los últimos tiempos se han incorporado los llamados “alisados”, en sus versiones violentas (con formol) y versiones terapéuticas (con keratina).

Ustedes se preguntarán el por qué de esta lucha encarnizada contra mis pobres rulos. Para esta pregunta hay dos posibles respuestas: una simple y una muy compleja.

Podría decirse que mis rulos, a diferencia de los de otras mujeres que quedan divinos, son impresentables. No tengo ondas en todo el pelo de forma uniforme. Más bien se presentan de manera aleatoria en algunos sectores de la cabeza. Además, no están en las puntas (lo que sería muy lindo), sino que aparecen sólo en la raíz. Sí, en la raíz. De este modo, se produce un efecto remolino incontrolable al cual me rehúso a resignarme.

Pero detrás de este rechazo visceral al descontrol en mi cabeza, hay algo más profundo. Y es mi rechazo e imposibilidad de aceptar el descontrol en la vida en general. Esta constante necesidad por controlar mi pelo se relaciona directamente con mi necesidad de controlar todos los aspectos de mi vida.

Así como me paso horas planchando rulos, también paso mis días resolviendo problemas, siempre con la esperanza de que algún día “todo va a estar solucionado”.

Pero las frustraciones vienen cuando descubrimos que por más que planchemos o alisemos los rulos, en algún momento vuelven a aparecer, y lo mismo pasa con los problemas.

Una vez que resolvemos un tema, aparece otro. En ocasiones sentimos que ya no tenemos energía para afrontar otro problema más.

Sin embargo, no nos tenemos que desanimar por la recurrencia de los conflictos. Nunca vamos a tener todo solucionado, así como nunca voy a tener el pelo definitivamente lacio.

Para eso están las vacaciones, para juntar las energías necesarias para afrontar cualquier nuevo revés que nos presenten las circunstancias.

Siempre podremos plancharle los rulos a la vida, en la medida en que aprendamos a administrar nuestras energías y tengamos cerca a nuestros seres queridos, y una buena planchita, claro.
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miércoles, 30 de noviembre de 2011

Arreglarse no es de vieja


Hace algunas semanas, aprovechando una linda noche de martes, fui a comer a Bella Italia, un simpático restaurant de Buenos Aires.

Me senté en una mesa al aire libre y pedí una tortilla de papas y cebollas.

Mientras esperaba la comida, me puse a observar a la gente de las mesas alrededor. Frente a mí, estaban sentadas Teresa Calandra, Evelyn Scheidl y Adriana Constantini. Divinas todas, daba gusto mirarlas. Peinado cuidado, vestiditos y carteras paquetísimas y make up impecable.

Al lado mío, había una mesa de chicas que deben haber tenido entre 25 y 30 años. Eran una lágrima. Sentadas de derecha a izquierda: “Doña me puse la misma musculosa de algodón que uso para limpiar mi casa”, “Doña estoy demasiado ocupada para ponerme corrector de ojeras antes de salir” y “Doña soy demasiado cool para pasarme el peine”. Un desastre todas.

Quisiera decir que el ejemplo de las chicas sentadas al lado mío en Bella Italia es un caso aislado, pero lamentablemente es un patrón que vengo observando desde hace tiempo en las chicas jóvenes. Sobre todo en la capital.

Pareciera que producirse es un arma a la que las mujeres recurrimos cuando la naturaleza ya ha hecho de las suyas. Empezamos a usar cremas de buena calidad cuando la piel ya está dañada, incorporamos el maquillaje cuando tenemos algo que tapar, e invertimos en prendas de calidad cuando el físico ya no acompaña.

Lo cierto es que las cremas deben usarse en forma preventiva. Vestirse bien y con un make up acorde, es un imperativo para toda mujer (y todo hombre también).
No es “de vieja” estar elegante, peinada y pintada.

Unos stilettos te van a lucir más a los veinte que a los cincuenta. Entonces ¿por qué esperar hasta tan tarde para empezar a usarlos? Yo sugiero que a la hora de salir, dejemos las Converse guardadas en casa y nos subamos a los tacos.

La mujer elegante no se arregla para tapar el paso del tiempo, sino para realzar su feminidad.
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jueves, 14 de octubre de 2010

¿Cremas milagrosas?


Ayer estaba leyendo el prospecto de mi nueva crema para la cara.

Si, ahora estoy con todo este tema de las cremas hidratantes anti edad. Me faltan algunos años para los treinta y hay que empezar a cuidarse.

Ustedes dirán que soy una exagerada, pero más vale prevenir que curar.

En fin, resulta que estaba leyendo las indicaciones de la crema y algo llamó poderosamente mi atención.

Parece que esta crema que me compré suaviza los efectos en la piel de las principales causas de envejecimiento. Y resulta que la principal causa es el estrés emocional.

Me quedé pensando. Si realmente es así, entonces estamos en el horno. No hay crema que aguante. Es un divague.

Puedo comprarme la idea de que la crema combate los efectos del clima y la contaminación ambiental.

Ahora, pensar que este pequeño pote de crema va a poder con todo mi estrés cotidiano, ¿Qué se creen, que soy idiota?

Salvo que la crema se aplique directamente sobre el cerebro, generando una acción sedante, dudo que pueda amortiguar los efectos de mi estrés emocional.

Así que a menos que inventen una crema que vaya a la oficina por mí, señores de la industria cosmética internacional, no cuenten conmigo para volver a pagar precios ridículos por cremas charlatanas.
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sábado, 28 de agosto de 2010

El delgado límite entre la estética y el materialismo


A mujeres como yo, nos gustan las cosas estéticas: los vestidos lindos, los zapatos elegantes, las casas con encanto y los lugares soñados.

En la mayoría de los casos, este gusto por lo estético y glamoroso, es interpretado como un apego a las cosas materiales.

María Antonieta, Reina de Francia, vivió muchos años estigmatizada como una mujer frívola y superficial. Tiempo después, el estudio de documentos históricos permitió demostrar que, en verdad, fue una persona noble, amorosa con sus seres queridos y con una inteligencia artística destacable.

A nadie le gusta que lo tilden de materialista, pero si por el término materialista debe entenderse una fuerte inclinación por la belleza de las cosas materiales, entonces con pesar, debo confesarme materialista.

Ahora bien, creo yo que el materialismo es otra cosa.

Una persona materialista es la que hace girar toda su vida en torno a la posesión de cosas materiales, postergando los bienes afectivos y espirituales.

Todos perseguimos las cosas terrenales, en cuanto tenemos un cuerpo y un alma con necesidades ilimitadas. Distinto es el caso de aquellos que priorizan, ante todo, lo material.

Concluiría esta breve reflexión diciendo que existen dos tipos de materialismo: uno bueno y otro malo. El bueno es el que nos permite desarrollar nuestro sentido de la estética. El malo es el que nos aleja de lo esencial.
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sábado, 24 de julio de 2010

Chica de tapa


Las mujeres que salen en la tapa de las revistas son impresionantes. Tienen piel de porcelana, un pelo divino y un look perfectamente cuidado.

La chica de tapa es aquella con la que todo hombre quisiera salir, y la que toda mujer quisiera ser.

Sabemos que para lograr la tapa de una revista se requieren horas y horas de producción. Sin mencionar los mejores especialistas.

Entonces yo me pregunto ¿acaso las mujeres comunes no merecemos el mismo tiempo de producción?

La sociedad nos exige estar siempre impecables, pero no contamos con el tiempo suficiente.

Los trabajos cada vez vienen con horarios más imposibles ¿A quién se le ocurre que si salís a las siete de la tarde de la oficina vas a tener tiempo o energía para dedicar a tu imagen?

Y, por favor, que levante la mano la que nunca tuvo a su pareja paradito al lado de la puerta del baño preguntando: “¿te falta mucho???”

“Si, me falta mucho. Porque estar divina requiere dedicación. Así que no me apures!!!” Eso es lo que deberíamos contestarles. Pero no, nos apuramos para no hacerlos enojar.

Las mujeres tenemos derecho a demorar, porque somos mujeres.
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